Cosas que perdí con el trabajo

Como la mayoría ya se habrá enterado, hace dos semanas perdí mi empleo. Era editora de una revista juvenil pero por motivos extraños de los hombres de negocios, los dueños prefirieron llevarse su dinero a un mercado donde no impera el “al ratito” y el “al fin que nadie se fija” y 25 personas nos fuimos con nuestras cajitas a nuestras casas.

Fueron meses de incertidumbre, de conjeturas, expectativas, desgaste y de mucha, mucha ansiedad.

Hoy dos semanas después, puedo listar las cosas que se me fueron junto con lo que parecía ser, el trabajo de mis sueños.

Lo primero que noté fue que desapareció mi necesidad de chocolate diario. Todos los días, a eso de las cinco de la tarde, necesitaba un café y un chocolate, hoy hay días que ni siquiera me acuerdo del café.

Además me siento a desayunar o comer, sin acompañarlo de mails, llamadas o “mientras comes te cuento y me respondes”; entonces ahora me entero cuando ya estoy satisfecha y he notado que mis porciones son más pequeñas. No me tengo que terminar todo lo que tengo en el tupper ni lo hago con prisas porque tengo que salir corriendo a resolver un pendiente dentro de la hora de comida. Un día me di cuenta que con una generosa sopa de verduras tuve energía para toda la tarde y espacio para un postrecito. Fue lo máximo.

Ya no me interesa estar pegada a las redes sociales, aunque debería porque todavía tengo otras responsabilidades. Ayer me di cuenta de que pasaron más de 24 horas sin que me enterara que Miley Cyrus se dio de nalgadas con la bandera y que fue un escándalo en el internet. Se me había olvidado lo que era tener la ventana permanentemente abierta con todas las notificaciones activas y el estrés por “ganar” la nota.

Obviamente el sunday blues se esfumó, y la ansiedad de los viernes por salir corriendo a cachar los últimos rayos de sol, también.

Llevo dos semanas viviendo lo opuesto a una rutina. Me acuerdo que había logrado el hábito de escribir todos los pendientes antes de salir de la oficina y revisarlos la mañana siguiente para darle un orden a mi día. He intentado hacer eso en el nuevo escenario y siempre termino haciendo una cosa de las que no estaba en esa lista. ¿Será eso bueno o malo?, el tiempo lo dirá.

Estoy consciente de que pronto debo regresar a la rutina laboral pero aún no decido en qué escenario. Estar en mi casa, me ha liberado del remordimiento de: ¿para qué tengo mascotas si casi ni las veo? O, mi casa puede estar hecha un tiradero al fin que solo llego a cenar y dormir. O, solo tengo dos horas para ver una serie al día y ¡hay tanto por ver! Creo que he visto menos tele que cuando trabajaba y eso seguramente se debe a que ya no necesito, “descomprimir” mi cerebro al regresar de la oficina.

También ha sido muy bonito encontrar un estudio de yoga cerca de casa al que puedo ir en el horario que me acomode, entonces he dejado de pensar que la disciplina es hacer las cosas siempre a la misma hora y en el mismo lugar y ahora solo consiste en asignarle un espacio diario que ahora sí resulta relajante y espontáneo.

Siento que llevo 15 días haciendo una limpieza profunda, no solo en mi casa, sino en mi persona. Estoy revisando y depurando esas cosas que sí me gustan y me dan felicidad, y a las que por mera cuestión de supervivencia les busqué el lado amable y las agregué a mi vida para hacerla un poco más entretenida. Hoy ya no las necesito, y así como las veo aparecer, las dejo pasar, como si fuera un vagón que llega muy lleno y mejor esperas el siguiente.

Así que creo que hasta ahora el saldo ha sido que perder es ganar. Ya veremos.

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