La maravillosa vida de Don Pablo

A continuación, los relatos que comparte mi papá de su papá:

Mi papá nació el 28 de abril de 1930 y es hijo de Antonio y de Cleofas, tuvo muchos hermanos y hermanas pero yo solo conocí a mis tíos y tías: Vicente, Josefa, Mateo, Margarita, Teodoro, Manuel, Pedro, Simón y Jesús, ya todos fallecidos.

Don Pablo nació en Victoria, Guanajuato, un pequeño pueblito que quedó dividido por el paso de una nueva autopista y de donde emigró a la Ciudad de México siguiendo los pasos de su hermano Teodoro. Sin siquiera saber dónde vivía, a sus 13 años, Pablo se trepó en un camión carbonero y logró encontrar a su hermano. Imagínense la impresión del hermano cuando de repente le llamaron por la espalda y al voltear se encontró con un persona toda manchada de tizne. En cuanto se reconocieron, lo llevó a su casa, lo metió a bañar y le dio ropa limpia. Poco a poco la situación de mi papá cambio y mejoró día con día. Su crecimiento comenzó cuando ingresó al gremio hotelero, en donde comenzó desde abajo hasta llegar a ser portero en el hotel Montecasino. Sus deseos de superación lo llevaron a interesarse en el aprendizaje de lenguas extranjeras como el inglés, francés, alemán y japonés, gracias a lo cual se convirtió en guía de turistas. Lo extraordinario es, que cuando se vino a la CDMX, apenas sabía leer y escribir pues no terminó ni el segundo de primaria, pero su tenacidad y sus deseos de superación lo sacaron adelante.

Mi papá fue un hombre bastante generoso con su familia, desde que tengo uso de razón las puertas de su casa siempre estuvieron abiertas para cualquier pariente que viniera de su pueblo a probar suerte en la CDMX; ya fueran hermanos, sobrinos o primos. En ocasiones, sus papás se pasaban una buena temporada con nosotros. Recuerdo que en algún momento, llegué a contar hasta 16 personas viviendo con nosotros. Nunca olvidó las penurias que él vivió en la Ciudad y por lo tanto no quería que nadie cercano a él las padeciera. Siempre compartía lo que le gustaba. ¡Cómo olvidar las barbacoas de fin año en su casa! Al final yo creo que lo que más le satisfacía era ver su casa llena de gente y la felicidad reflejada en sus ojos al ver a los demás disfrutar de una buena comida.
Fue un gran amigo que siempre estaba dispuesto para apoyar, tuviera o no tuviera dinero. Nunca olvidaré cuando me llevó a la marcha del 68.
Debo mencionar que su carisma y alegría de vivir siempre lo motivó a mantener una excelente relación con sus compadres, de los cuales, al parecer, es el último que sobrevivió.

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