Otra vez a dieta

Así muy sin pensarlo, me volví a poner a dieta pero esta vez fue como si decidiera empezar a inyectarme heroína. Al menos así ha sido la reacción de la gente.

He recibido críticas, me cuestionan si como mucho o poco y lo más gracioso es que es la primera vez que me sujeto a un régimen estricto de alimentación no con la primera intención de bajar de peso, sino de estar bien, de descubrir de una vez por todas, cuáles son esos alimentos que me hacen daño y por primera vez, desde el 2003, sentirme 100% bien.

Son 28 días de un programa de alimentación llamado AIP: autoinmune protocol y fue diseñado por la doctora Amy Myers, autora de un libro llamado La clave está en la tiroides y de todo un sistema de medicina funcional encargado de atender, no solo los padecimientos estrictos de la tiroides, sino de dar tratamientos integrales a quienes los padecemos. Un libro en donde cuenta cómo se enfermó y su caminar por la enfermedad de Graves que la llevó a especializarse en esto. Su camino, ¡fue idéntico al mío! Y ahora mediante la alimentación y nutrición correcta -con comida y suplementos- ha dejado los achaques atrás. Esos a los que a una le dicen que tiene que acostumbrarse y que incluso se vuelven un casi un estilo de vida: tener sueño todo el tiempo y depender del café para sobrellevar el día, terminar el día agotado como si se hubieran atendido 10 hijos, tener tres pelitos ralos en la cabeza, tener frío hasta los huesos, tener hambre siempre y antojos, alergias, comezón, inflamación estomacal y pasar del estreñimiento a la diarrea en menos de 24 horas y así toda la vida, todos los días, todo el día.

El programa de 28 días consiste en consumir alimentos y suplementos alimenticios únicamente enfocados en aquellos que le hacen bien a los cuerpos como los nuestros, con solamente aquellas carnes, frutas y verduras que no inflaman, que te aportan energía, que aceleran el metabolismo y demás.

Y no, no es la comida del diario y no sé si lograré volverla un estilo de vida propio, pero quiero saber qué es lo que me hace sentir mal, para que la próxima vez que me enfrente a él, lo haga con conocimiento de las consecuencias y no vaya a ciegas por la vida sin saber por qué me siento como me siento o qué fue lo que me enfermó.

Mientras tanto, todos los días me siento como en la película (y libro) Julie & Julia, porque todos los días experimento recetas con ingredientes que no son los tradicionales y ha sido un viaje de sabor.

Y como cereza del pastel: bajé tres kilos en 7 días. Perdón.

Li-cua-dos

Ahora sí, sin pretextos. Tomando el sustituto sintético de la tiroxina, agendé cita con la nutrióloga. Y es aquí donde hacemos un paréntesis y cuento una historia de éxito en la que cambiaré el nombre para no ventilar a mis amistades.

Mandy era mi BFF del momento. La chica con el corazón y la personalidad más dulce de la comarca. A su lado uno puede ser quién es y sacar la ironía más cruel del universo con la confianza de que, ella la dulcificará y la hará ver como el comentario más honesto del mundo. Mandy era fan de los frapuccinos y los bagels, como yo, pero cuando se trataba de comprar ropa, ella tenía que irse hasta el fondo del anaquel y sacar la talla más grande. Ella decía ser una gordita feliz con un amante: el chocolate. Hasta que un día dijo: basta. Hizo una cita con una nutrióloga y descubrí que detrás de su dulce personalidad había una fortaleza más grande que la de Jillian Michels. Semana a semana veía su progreso y un día, de shopping, descubrí que ya era la misma talla que yo (hoy es varias tallas menos que yo). La única condición que le puso a la nutrióloga fue: no puedo dejar de comer chocolate. Y así fue.

Una vez visto semejante progreso y motivación, me apersoné con la misma nutrióloga. Le conté toda la historia y empezó su Capilla Sixtina en mí. Primero: un detox. Siete días de licuados de proteína. Día uno: solo licuados, día dos licuado + agua de frutas. Y así gradualmente se agregaban alimentos hasta llegar al último día que incluía pasta.

En esa semana bajé cuatro kilos de peso y aumenté toneladas de autoestima y un renovado amor por mi cuerpo. Cuatro kilos fueron suficientes para que mi ropa de gorda (al principio de la engordadera mi papá me dio dinero para comprarme tres pantalones y blusas que usaría mientras la cortisona hacía su magia) se me cayera. ¡Oh felicidad! Se veía una luz en el camino, después de seis días de no masticar alimento alguno. Ja.

Disclaimer: Si usted no entiende nada de a qué viene esto, empiece por el principio: Capítulo 1.

Globo ponchado

Una vez pasado el shock de la radiación, del encierro de 10 días, la primera salida de mi casa fue al súper (así son de glamurosa) y sorpresa: me caí de nuevo, pero ahora sí me ayudaron a levantarme y activé la alarma de la tienda por la radicación remanente, lo bueno que llevaba conmigo un permiso del ejército para ser radioactiva. No sé si todos los que pasen por eso, tengan que andar así por la calle, fue una experiencia muy desconcertante.

Mi cuerpo era una montaña rusa de hormonas, la verdad me sentía peor. Todos los días me sentía como si hubiera corrido un maratón (ahora sé que siente al menos correr 10k) y no dormía bien porque aún tenía taquicardia. El doctor me explicó que lo que pasó con mi tiroides fue como ponchar un globo de agua, por lo que toda la tiroxina se regó por mi cuerpo, así que sí, estaba peor. Y debo confesar que para cuestiones laborales también fue difícil porque físicamente no me veía mal y llevaba dos semanas sin trabajar así que se esperaba mi máximo rendimiento y era cuando más difícil me estaba siendo todo. Estaba más gorda que nunca, ya tenía casi 10 kilos encima, nada de mi ropa me quedaba, mi cara estaba abotagada, no quería salir de mi cama, se estaba tan feliz abajo de las cobijas y el mundo era tan cruel. Recordemos que tenía que ir con todo mi exceso de peso y mi agotamiento a ver lo feliz que eran mi ex novio y mi ex mejor amiga en su floreciente romance. Un terror total. Pero el doctor me lo prometió, peor que eso no volvería a estar y así fue.

En mayo (cinco meses después) por fin dejé de tomar cortisona pues mi corazón estaba retomando un ritmo normal y mi cuerpo estaba a punto de desechar lo último de tiroxina que quedaba regada.  Era talla 13. Y entonces sí venía lo bueno: la dieta que me regresaría a lo más cercano que se pudiera de mi peso original y aquí es donde empieza lo divertido.

Olen naimaton

Al mes de tomar Cortisona mi cuerpo estaba listo para el verdadero tratamiento para mi Bocio tóxico difuso, o algo así se llamaba mi achaque. La aventura consistía en tomar 100 mililitros de Iodo radiactivo que eliminaría la tiroides de mi cuerpo. Había que tomar esa decisión radical pues mi hormonita ya estaba en el punto sin retorno. Y así fue. Llegué al hospital donde me recibieron con los brazos abiertos. El doctor me explicó que tenía que entrar a un cuarto con paredes de plomo (!), sacar el frasco del baúl -de plomo-, tomar todo el contenido y volver a guardar el frasco en el baúl. Una vez hecho eso, debía evitar el contacto con cualquier persona a más de tres metros, por lo que pasaría 10 días encerrada en mi cuarto, comiendo en platos desechables, poniendo mi basura en una bolsa negra que debía cerrar perfectamente y dejar en la puerta de mi cuarto. También me dejaban la comida en la puerta, era como ser un exiliado en tu propia casa.

Aunque para nosotros los inactivos con cierta adicción por consumir películas y series, también fueron días maravillosos para ver maratones y películas que duraban más de tres horas. ¡Vi dos veces Lo que el viento se llevó! Incluso encontré en una página de internet cursos para aprender finlandés: Mina olen Lucy. Mina olen naimaton. Algo así se decía me llamo Lucy y soy soltera. Frases que una debe dominar en cualquier idioma pues una nunca sabe donde se presentarán las oportunidades.

En ese momento, según yo me sentía perfectamente, pero tiempo después caí en la cuenta que una persona que se siente bien, no podría pasar 10 días encerrado tan feliz como yo me la pasé. Y pues sí, necesitaba dormir y descansar mucho. Hacer reposo total y no me quedó de otra. Obedecí y mi cuerpecito se dejó.

Frases de telenovela – La vida sin tiroides

Me fui de vacaciones navideñas con mi familia a Cancún y cruzando el boulervard Kukulcán, me caí. Fue entonces cuando mis papás se dieron cuenta que el problema iba más allá de la torpeza y que mi flacura no obedecía a la depresión pues por comer no paraba. Al regresar me llevaron al endocrinólogo. En la consulta, el doctor me pidió estirar los brazos y puso sobre mis manos una hoja de papel que se movía tanto que parecía estar sobre un vibrador. Me pesaron, me revisaron los ojos y el cuello, en donde encontraron una bolita. Para el doctor estaba clarísimo, pero antes de dar un diagnóstico, tuve que hacerme un perfil tiroideo. Al regresar con los resultados a la segunda consulta, todo estaba claro, era un bocio muy avanzado. Fue una consulta larguísima, donde escuché  una explicación a todos y cada uno de mis achaques, el pronóstico a lo que me iba a pasar después del tratamiento que él recomendaba cuyas consecuencias incluía engordar incluso con la dieta más muerta de hambre que se haya inventado. Debía empezar a tomar de inmediato Cortisona, hoy para mí, la cortisona es el demonio hecho pastilla. Esa medicina me traería consecuencias terribles a mi peso y por lo tanto a mi aspecto. Pero no había mucho que hacer, era necesario pues mi tiroides había llegado a tal nivel de hiperactividad que me ponía en riesgo de sufrir un infarto, así que las palabras del doctor fueron claras: tienes que tomar cortisona y no puedes sufrir emociones fuertes (¡como dicen en las telenovelas!). Después se me ocurrió ver un episodio de ER y pum, se me hizo un sangriento derrame ocular, plop.

Las personas con hipotiroidismo tienen un nivel bajó de tiroxina y un metabolismo lento. Las células se aletargan, el cerebro aminora su marcha y se produce una sensación general de apatía, fatiga y a veces depresión.
El hipotiroidismo produce otros síntomas, así como intolerancia al frío, estreñimiento, caída del cabello y piel seca. Estos síntomas son el resultado de un índice bajó del metabolismo basal, un índice en el que el cuerpo quema energía estando inactivo. ¿Y qué hace que el hipotiroidismo lleve a aumentar de peso?
Dado que las células corporales se aletargan y utilizan menos energía, el cuerpo se encuentra con una cantidad extra de combustible. Por lógica, uno necesita comer menos para no generar demasiado combustible y aún más: necesita hacer ejercicio y quemar la energía sobrante.

“Pierde peso, gana bienestar”, Andreas Moritz.

A dos de tres caídas – La vida sin tiroides

Así, triste y teniendo que ver al susodicho y a la susodicha suplente todos los días en la oficina, seguía adelgazando pero cada día me cansaba más al caminar o subir escaleras, si me agachaba, me levantaba con la agilidad de una persona de 70 años, cuando empezaba a sentir hambre, temblaba y dormir me costaba, mucho mucho trabajo. Además, el sol me deslumbraba al punto de no dejarme ver nada, cosa superemocionante al manejar, todo el día sentía piedras en los ojos y se me caía más cabello que cuando alguien usa acondicionador Pantene diario. Y ese fue el verano más caluroso de mi vida, aunque no era verano, ya más bien era otoño, casi invierno pero igual hacía mucho calor. Luego también me pasaba que me quedaba dormida incluso estando de pie, ¡o caminando!, y entre tanta cosa, me caía a cada rato. Las caídas más cardiacas me pasaron cruzando calles, pues no solo era el tropezón, también era lo mucho que me costaba levantarme y acá entre nos, mucho caballero, simplemente me saltaba y seguía su camino. Una vez un señor sí corrió a levantarme pues me caí cruzando la calle del IFAL y entre los libros y que cada día era peor que el anterior, no podía ya levantarme y solo veía a un coche acercarse a gran velocidad. El señor me levantó y me dijo tonta y torpe, yo solo quería llorar del susto y la impotencia. ¿Y qué, iba a ir al doctor a decirle, vengo porque cuando me caigo no me puedo levantar? Simplemente me iban a diagnosticar de torpeza extrema y mi autoestima estaba bastante masacrada como para someterla a un juicio más. Había muchos días que hubiera preferido hibernar bajo las cobijas, sin asomar la nariz al mundo ni tener que enfrentar la incómoda situación que todos los días me esperaba, ver a el floreciente romance que había surgido a costa mía, pues por cierto, la susodicha suplente era mi mejor amiga, ¡telenovelaza! 

En el próximo capítulo: Frases de telenovela.

Me enamoré – La vida sin tiroides

Pues tan pronto regresé de España, encontré la clase de step más divertida y efectiva de la vida. También retomé la dieta del Dr. Bolio que había dejado… mmm… por decir en pausa y pronto regresé a mi peso. Entre toda esa diversión conocí a alguien, desde la primera vez que lo vi, pensé: yo podría andar con alguien así y meses después, sucedió. Fue divertido, mágico, increíble. Y creo que el amor fue la mejor energía agni, pues sin seguir estrictamente una dieta, cada semana perdía peso. A los seis meses otra vez se me caían todos los pantalones y era yo feliz, feliz. Pero nada dura para siempre, entre mi inseguridad y una tercera en discordia se llevaron el amor y volví a la soltería, muy triste, con el corazón hecho pedazos por primera vez pero tan esbelta que podía encontrar el consuelo en el helado de cookies and cream y aún así seguía bajando de peso. Triste y padre a la vez. Pero algo raro empezaba a suceder, algo que sucedió tan poco a poco que me hacía pensar que jamás me recuperaría de aquel roto corazón. 

La vida sin tiroides: reto España

Estando en mi peso ideal y soñado, con los pantalones que me quedaban grandes, con una cintura sin protuberancias (lonjas), con el cachete discreto llegó otro sueño que se hacía realidad: irme de intercambio un semestre a Madrid. Quienes han vivido esta experiencia ya se podrán imaginar lo que se me esperaba, pero yo, una mente joven e inocente me embarqué en esa aventura sin siquiera considerar lo que estaba arriesgando. Aún me acuerdo lo feliz que iba en el avión pensando, “puedo hacerme bolita sin que se me entierre el botón del pantalón en la lonja, ¡gracias, Dios!” Ja. En lo que nos instalábamos y teníamos un refrigerador decente, nuestra alimentación consistió en tazones de cereal y sandwiches. ¡Pero no engordé, al contrario! Como caminábamos para todo, porque aún no sabíamos las rutas de los camiones, hasta bajé un poco más de peso. No podía con tanta felicidad. Pero un par de meses después, mi curiosidad me jugó una travesura muy grande. Descubrí la ruta de camión que me dejaba en la puerta de la escuela y en la esquina de mi casa. Ese sí fue el acabose pues al mismo tiempo descubrí las napolitanas, un delicioso pan hecho de pasta hojaldrada sin reparo en la cantidad de mantequilla, relleno de chocolate que vendían en la cafetería de La Complutense a muy bajo precio. En otras palabras, ¡descubrí mi nuevo Gansito versión española, joér! Y pues todo lo que me quedaba grande me empezó a quedar bien, luego justo, luego apretado, luego no me cerró, luego regresé a México donde mi mamá me recibió con un: “¡tus cachetes brillan de gordura!” Y la historia volvió a empezar. 

En el próximo capítulo: me enamoré.

Qué hacen los malditos flacos para estar flacos – La vida sin tiroides

Así como los junkies se las arreglan para encontrar las drogas más exóticas y se tropiezan con los dealers más eficientes, así yo, estando en la universidad, me topaba con todas las que estaban a dieta. Y cuando veía resultados en alguna, le pedía el teléfono del nutriólogo, sanador o santo en cuestión. Fue así como llegué al consultorio del doctor Bolio, famoso por su programa de dieta en donde “adelgazabas comiendo”. El gancho que me atrajo fue que en el régimen incluía ¡Gansitos! (¿Sabes qué, Bimbo? Deberías patrocinar algo en este blog). Así que fui, sin decirle a mis papás porque no me iban a creer hasta que me vieran realmente comprometida y si era posible con un par de kilitos menos, ¡para que se notara que estaba funcionando! Así que ahorré mi lanita (el doctor este no tenía una clínica de cobrar baratas las consultas) y fui. Me midieron hasta el meñique, creo. Me dieron una dieta para una semana que alargué a dos porque no iba a alcanzar a juntar para la siguiente consulta. El nuevo régimen no incluía Gansitos pero la esperanza que algún día los tuviera fue mi aliciente. Entonces llegué a mi casa y le dije a mi papá cómo tenía que prepararme mi sandwich del diario, (sí que oso en la universidad todavía me mandaban lunch, ¿y?). Los resultados se vieron a las dos semanas: buen humor, apareció la cintura y los cachetes intactos, como debe ser. Y en el primer comentario acerca de mi pérdida de peso, le conté a mi mamá todita la verdad. ¡Cha-cha-cha-chán! ¿Su reacción? Se apuntó para la próxima cita y en la siguiente, hasta fue mi papá. Toda la familia unida en una dieta, eso es integración y no payasadas. Al cabo de los seis meses estaba en el límite superior de mi peso ideal, ¡éxito total! ¡Y comía Gansitos! (Es la parte del reality en la que uno llora poquito). 

En el próximo capítulo: reto España.