La vida sin tiroides: soy una gordita feliz (ajá).

Después de mi primer rotundo fracaso dietístico, me fui a la siguiente ventanilla: el autoconvencimiento de que soy una gordita feliz, de que me acepto como soy, con mis lonjas, mi panza, nana, buche y nenepil. Y la verdad, la verdad es que no. Entonces opté por vestidos corte costal que ocultaran todas las curvas, las buenas y las malas. Un poste parejo que apareciera en todas las fotos, así, según yo, no había pierde. Y uno se lo cree. Se siente uno muy segura, muy convencida y pues no. La verdad es que hubiera sonreído con más ganas en todas las fotos si supiera que abajo de esa sonrisa estaba el cuerpazo de mis sueños o el vestido ese luciendo las curvas de las buenas. Y en ese ir y venir de si está padre – no está padre, llegué hasta la universidad. 

Próximo capítulo: qué hacen los malditos flacos para estar flacos.

La vida sin tiroides, parte 2: la primera dieta.

Cuando iba a cumplir 15 años y las -entonces de moda- fiestas de noche con valses incluidos empezaron a llegar, me enfrenté ante el primer trauma que viviría conmigo por el resto de la eternidad: buscar vestidos. Y es que a esa edad, o al menos en mis tiempos, uno aún conservaba babyfat mezclado con las incipientes formas femeninas que resultaban en un cuerpo que no se adaptaba a los cortes de mujer adulta ni mucho menos a los de niña. Recordemos que antes las tweens y las teens no tenían categoría propia en la línea de productos y se asumía que uno saltaba de “niña a mujer” como en Quinceañera. Entonces mi lógica básica me dictó que para que un vestido se me viera mejor y lograra salir de las tiendas con la misión cumplida más rápidamente, tenía que bajar de peso. (Uno le adjudica poderes milagrosos a la flacura). Mi mamá recientemente había sido diagnosticada de hipotiroidismo por lo que empezó una dieta especial que la hizo perder los 12 kilos que tenía almacenados desde su último embarazo. Eso me inspiró (tanto como ahora me inspiran las temporadas de The Biggest Looser) para ponerme a dieta. 

– Mamá, me quiero poner a dieta. 
– Las dietas no son de un ratito, son hábitos que tendrás que adoptar por el resto de tu vida. Si estás convencida y dispuesta, te ayudo, si no, vuelve a hacer ejercicio y baja poco a poco.
-Ok, regreso al rato.

Después de pseudo-pensarlo, regresé y quesque muy convencida le dije a mi mamá que sí, que estaba dispuesta a dejar de comer como lo hacía con tal de lucir esos vestidos que se veían increíbles en el aparador. Empecé una dieta baja en carbohidratos, baja en comparación al Gansito diario que me comía. Sí, bajé de peso pero estaba de muy mal humor. Las hormonas adolescentes hacen corto circuito con las dietas. 
Tiempo de duración: DOS meses
Tiempo estimado de rebote: DOS semanas.

El próximo capítulo: soy una gordita feliz (ajá).

La vida sin tiroides. Parte 1.

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Empezaré este relato remontándome a mi temprana infancia. Nunca fui una niña esquelética, mi cuerpo era como el de Little Miss Sunshine, pancita y cachete en abundancia. Pero siempre hice ejercicio, natación, ballet, jazz, danzas regionales y cuánta cosa de baile se atravesara. Y cuando estaba sola en mi cuarto, bailaba. Total que el movimiento y la actividad física eran parte de mi vida. Pero también lo eran los postres, panecitos, Gansitos, Carlos V y en algún momento de mi vida me volví adicta al jamón, así, solo, en rollitos, recién rebanado, mmm. Soy de esas personas, desde niña, que en una sentada son capaces de comer como Phelps pero al entrar a la pubertad, por cuestiones de logística, no hubo quien me llevara al deportivo y seguí comiendo como acostumbraba y terminé viviendo una pubertad con sobrepeso. Nunca he sido obesa ni se me ha desparramado nada, pero siempre he estado por arriba de mi peso promedio (no vamos a precisar datos, ¿qué necesidad?). Entonces siempre he vivido con la idea de que tengo que bajar unos kilos, misión que he arrastrado sin concluir desde los 10 años. Y a cuento de esa misión de vida (fail) van estos relatos de traumas, de logros y de antojos.

En el próximo capítulo: la primera dieta.