This little town blues

La primera vez que fui a Nueva York, sucedió después de ahorrar un año de mi primer sueldo y de traer pegada, durante seis meses, una de esas calcomanías publicitarias en mi coche. Así que anduve por la ciudad anunciando Rexona Bambú y cada mes, corría a cambiar ese cheque por dólares para ir haciendo un guardadito.

Lo recuerdo perfectamente, era un viaje de 11 días, saliendo el 21 de noviembre y regresando el 2 de diciembre… del 2001. El mismo año de los atentados.

También el mismo año que aparecieron los primeros y silenciosos síntomas del trastorno de tiroides. Así que me andaba tropezando por todos lados.

Llegamos el miércoles previo al Thanksgiving Day. Fui con una amiga que tenía la tradición de ir cada año en esa fecha, así que tenía sus rituales muy claros y yo los adopté con entusiasmo.

Miércoles por la noche: ir al parque donde estaban inflando los globos para el desfile. Honestamente yo esperaba un poco de más show, y el único espectáculo fue mi manera de entrar corriendo a un Gap para comprarme un gorro y guantes pues nunca antes había experimentado ese dolor de orejas causado por los gélidos vientos neoyorkinos.

También fue el año en el que descubrí la importancia del underwear, y más que eso, de usar mallas debajo de los jeans para evitar sentir que se pierden las extremidades inferiores debido a la congelación.

Conocí The Cottage, el restaurante chino más delicioso en el que he comido en mi vida. Vayan todos y cómanse unos Spicy Dumplings a mi salud.

Además, presencié por primera vez el desfile de Thanksgiving donde la estrella era Kermit the frog.

También viví un Black Friday en la meca del consumismo, me desperté a las 6am pues si llegabas antes de las 10 a las tiendas, tenías un 20% de descuento extra; me arrastraron en una escalera eléctrica de Macys, le arrebaté a una señora una bolsa en Century XXI y caminé 10 cuadras cargando bolsas de shopping porque ya no nos dejaban subir al metro con bultos.

Viví por primera vez una nevada y descubrí que caminar en la nieve no es tan romántico, me resbalé un par de veces y también aprendí que para viajar, lo mejor es llevarse unos tenis.

Vi un Mondrian en vivo por primera vez y El Cascanueces (*llora poquito*) en el Lincoln Center.

Comí un pumkin pie en el Cafe Lalo, el restaurante de You’ve Got Email, donde Meg y Tom Hanks quedan de verse en su primera a cita a ciegas.

Obviamente pisé los sitios turísticos de rigor y experimenté el hueco emocional que dejaron las torres gemelas en el corazón de Nueva York.

Incluso me tocó ver el encendido del árbol del Rockefeller Center, con Barry Manilow cantando Rockin Around the Christmas Tree y toda la cosa. Fue mágico.

Luego, cuando encendieron el árbol del Lincoln Center, hubo un festival en el barrio con bandas de música country, obsequios del Starbucks y una fiesta en cada tienda de Broadway Avenue. Para ese día, ya estaba perdidamente enamorada de NYC.

Muchos aman Nueva York, yo también. Para mí simboliza que los sueños se cumplen, que se puede viajar aunque ganes cinco mil pesos y que cualquier cosa siempre se vivirá mejor en persona que soñando a través de escaparates.

 

No juzgue a un músico por su campaña de marketing

Ustedes no lo saben, pero he pasado el último mes, analizando las mañas, observando las estrategias y escuchando un montón de música que antes hubiera considerado irrelevante en mi vida.

Hoy tocó el turno de Ha*Ash. Aquí podría hacer una lista de ## cosas que pensé mientras escuchaba los éxitos del afamado dueto mexico-norteamericano, pero mejor pongo lo que más me sorprendió.

Hanna y Ashley Pérez tienen unas canciones llegadorsísimas. Todo es un drama. Todo es un truene, una separación, una persona dejada que está en proceso de recuperarse. Las razones de la separación, son varias, pero lo que más me sorprende es que si tomamos en cuenta el casi billón de views que suman en su cuenta de YouTube (sí, chavos, hoy el éxito son métricas y no portadas de revistas) quiere decir que a varios millones de personas los han dejado en algún momento vestidos y alborotados.

¡Cuánto sufrimiento hay entre nosotros! Empecé a escuchar las canciones y dije, órale la dejaron, luego la siguiente y dije: pobrecita y unas cuantas después, empecé a pensar, “Chin, esa sí se la podría dedicar a alguien”, o “Ah, caray, eso sí me llegó” y cuando ya estaba alcanzando el punto más bajo de depresión, alguien llegó a felicitarme de Navidad y desperté. Gracias.

Lo que sí es que, después de un rato de escucharlos, es como tomarse un café con sabor ahumado, que termina aturdiendo el paladar, porque es demasiado. Demasiado para alguien que toma el café sin azúcar y encuentra muy reconfortante un vaso de agua simple.

El punto es que, a la distancia, yo siempre he visto a este dueto como éxitos fabricados, como típicos artistas inflados por sus disqueras con egos más grandes que las ventas reales de sus discos. Y no. Al escuchar las letras, descubrí que su éxito es real y radica en poner en versos y rimas, esos momentos de rechazo que la mayoría pasamos y ayudan a contemplar los sentimientos para, algún día, dejarlos atrás.

 

Jetlag

Estoy enjaponizada. Hice cuentas y hace cinco años que no me tomaba dos semanas de vacaciones hechas y derechas. Sin mails de trabajo, ni mensajes ni pseudo desconexiones en las que siempre acabas estando pendiente de que las cosas salgan bien.

Para ser honesta, no fue por mérito propio, sino porque quiero pensar que la vida me hizo este regalo, obviamente con un precio, pero bastante costeable.

El punto es que fue un viaje donde cada una de mis expectativas fueron cubiertas, excepto la del Robot Restaurant de la que se hablará más adelante.

Visité los puntos turísticos más mencionados de Japón y disfruté contemplar una cultura de consideración al otro.

Gracias siempre por estos días de aprendizaje, de descubrimiento, de glotonería y de despilfarro.

Estoy lista para Escandinavia.

 

¿Por qué tenía writers block?

Hace unos años, en una situación bastante desafiante de mi vida, leí una novela a Nicholas Sparks (próximamente un post de por qué siempre que leo o veo algo de él, me enojo) en donde el personaje principal era un escritor que se encontraba atravesando un periodo de bloqueo creativo y en el afán por recuperar la inspiración, se iba a un pueblo, lejos de las distracciones de Nueva York. Luego en en ese pueblo, sucedía la historia… romántica, obviamente.
El libro se llama At first sight y próximamente podrán verlo en su cine más cercano.
Todo este rollo, es para ilustrar que yo pasé por un año igual.
No es que no hayan pasado cosas en mi vida, pero es que pasaba 12 horas al día, publicando notas y al final, terminaba como naranja pasada por un extractor profesional.
Y para ser honestos, la mayoría de las cosas sobre las que filosofaba era sobre todo lo que estaba mal de mi centro laboral y poco sobre lo que estaba mal en mi centro personal, ja.
A veces se nos va la onda y el tiempo, pensando y quejándonos mentalmente en todo lo que se podría corregir y nos queda muy poco para corregir. Bien listos.

Viajes en el tiempo

Hace poco terminé de leer Yes Please! de Amy Poehler y el libro entero es una serie de piensos que he rumiado durante toda mi vida y que ahora entre risas y lágrimas, leí en voz de alguien más. 

Una de esas ideas es que los viajes en el tiempo existen y acabo de hacer uno. 

Hace poquito más de un año, escribía en este blog todas las cosas que se habían ido con el aparente trabajo de mis sueños y lo bonita que era la vida desempleada. Y sí, fue un mes que necesitaba pero también tenía demasiadas preguntas e incertidumbres profesionales en mi mente. 

Luego vino un año que fue como meterme a una montaña rusa en la oscuridad en el que aprendí muchísimo y sufrí otro tanto. (De las que pronto nos reiremos todos juntos en este blog).

También pasé por un writers block de 365 días que terminó el sábado que vi a Metric en vivo por tercera vez, y me acordé de esa parte de mí que necesita sentir que está creando algo y de lo mucho mucho, que amo la música. 

Esa debe ser una buena señal.  

El call center más eficiente de todos

Ayer vimos “Cobain: Montage of Heck”, el documental sobre la vida de Kurt Cobain y para ilustrar el éxito mundial de la banda, mostraban las portadas de periódicos y revistas en los que apareció la agrupación.
Y entonces pensé: en un mundo donde los impresos son cada vez menos relevantes (la mayoría, luego podemos discutir el punto)… cuando hagan el documental de los nuevos talentos, ¿con qué ilustrarán sus éxitos? ¿Screen shots de sus métricas en You Tube?
Hoy fui a junta, me presentaron un nuevo talento, y sí, vi screen shots de métricas de YT, FB y TW.
A veces la vida nos responde demasiado rápido, mai frems.

 

Por qué estar a dieta no funciona (una charla)

Me encanta habitolicious.com, y esta plática TED básicamente resume mi sufrir. Lo malo de cuando me dejo de “preocupar” por el peso y bajo la guardia, subo kilos. Pero eso quizá sea el efecto de abandonar el estado de hambruna al que someto mi cuerpo. Empezaré a hacer experimentos con el mindful eating y seguiremos reportando.

habitolicious

“Aceptémoslo: si las dietas funcionaran, ya estaríamos todos flaquísimos“. Esta y muchas otras frases por el estilo, que hacen tambalear algunas de nuestras ideas sobre alimentación más comunes, componen la charla TED impartida por Sandra Aamodt, una neurocientífica enfocada en lo que ella denomina “la neurociencia del día a día”. De verdad vale la pena tomarse los casi 13 minutos que dura.

Lo antes posteado:

Vivir a dieta vs comer con equilibrio

4 razones por las que puedes recuperar el peso perdido

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