Ash

En estos procesos de ir y venir de peso, siempre aparece un aparente retroceso. Al menos en mi caso. Y sucedió esta semana. Subí lo que había bajado la semana pasada. Creo que exageré en mis “permisos” y me pasé de cupcakes. Hubo varias ocasiones de pecado. Lo bueno es que cuando esto pasa, regreso al régimen con inspiración recargada. Al menos esta vez así pasó. Primer paso: hacerme un nuevo perfil tiroideo, el último fue hace un año y debería ser cada seis meses. Así que iré de nuevo a que mi endocrinólogo busque una nueva forma de regañarme y hacerme consciente de que es de las cosas de mi vida a las que debo poner más atención. Pero con mi tiroides me pasa como le pasa a todos con la señal 4G, o con el internet de su oficina, cuando funciona bien, ni siquiera notas que funciona bien, solo lo usas, pero cuando falla, pegas de gritos llenos de frustración y sufrimiento. Y así fue esta semana. De repente me di cuenta que pasaba más tiempo en la cama de lo normal, que mis noches se están volviendo en sesiones de nueve o 10 horas de sueño y sigo teniendo sueño, que lloro cuando veo el noticiero, que mi pelo se cae más de lo de costumbre, que mis piernas necesitan más crema de lo normal y lo más claro: que subí de peso. Así que sin decir más, ya traigo mi parchecito de Garfield sobre la vena y espero los resultados para emprender mi travesía al otro lado de la ciudad y visitar al doctor que me  ha acompañado los últimos diez años en este padecer.

La meta de ver amigas la semana pasada se cumplió, vi tantas caras y escuché tantas historias que el viernes estaba cruda de emociones y de güisquis, pero satisfecha. La otra meta era comer papaya ¡y lo logré! Sufrí poquis pero ya me merecía superar algún trauma. Ya descubrí que refrigerada, recién cortada, no parece esa consistencia blandengue que tanto me molesta. Es que lo blandengue no me gusta, ni en las frutas, las almohadas ni las personas.

Semana: 4

Peso: 63.1 kg

Por bajar: 10.1 kg

Parece magia

Una nueva ceremonia del peso llegó, me quité los calcetines y me subí a la báscula con nulas expectativas. Esta semana rompí la dieta varias veces y no solamente en el sentido de comí algo extra, sino que me salté comidas y por lo que he aprendido en la lógica de las dietas, hace igual o más daño saltarse comidas que echarse un pedazo de pizza en vez de la quesadilla de queso panela que tocaba. Esas son son mea culpa de la semana. La saltada de colaciones se la debo a que durante tres días me la pasé metida en juntas y me daba muchísima pena sacar mis naranjas y demostrar públicamente el baño de cítrico que me doy cada día. No sé por qué razón da pena devorarse una naranja y no da pena mantener la mano metida en la charola de galletas. ¿Es más elegante comer calorías vacías que jugosas frutas? Mmmh.

Aún así la poderosa y milagrosa dieta me hizo perder 700 gramos. Nada da más emoción que romper dígitos en la báscula y en las deudas. Para darle un seguimiento lógico y no perder el ánimo, descargué una app que traza un plan de pérdida de peso sano y a un ritmo tal que el rebote no suceda a la primera semana de abandonar el programa. La app se llama CounterPlus y segú ella, si pierdo peso a un ritmo de medio kilo por semana, en julio habré llegado a mi peso meta. Muero de la curiosidad si lo lograré porque en estas dos semanas he superado esa meta y creo que puedo seguir a este ritmo perfectamente durante seis meses más. A veces me entra tanta euforia que creo que puedo seguir a este ritmo por toda mi vida. Estoy tan emocionada que ¡me compré una papaya! Me he sentido tan bien con la comida que quiero darme la oportunidad de aprovechar los beneficios de esa fruta y premiar a mi cuerpo con algo que le hace bien, aunque mi paladar proteste en cada bocado. Hoy me comí media taza y no vomité. Se considera un logro y espero continuar así lo que resta de la semana. 

Justo ahora están pasando en MTV uno de estos programas donde la gente pierde cantidades impresionantes de peso en 100 días y la participante habla de estar concentrada. Yo no creo que uno deba poner el 100% de su atención en esto pues la vida sigue y el punto es incorporar los buenos hábitos alimenticios y de movimiento en la vida cotidiana y no modificar totalmente quien eres en eso, claro a menos que sea un caso de emergencia y esa sea la prioridad. Mi prioridad de momento es poner cada cosa en su justa proporción y atender cada área de mi vida en su justa medida. Esta semana me toca ver a mis amigas. He dicho. 

Semana 3

Peso: 62.4 kilos

Por bajar: 9.4 kilos

PS. Estoy a medio kilo de que me cierren mis pantalones.

¡Sorpresa!

Sigo riendo del schock del domingo. Todos los domingos desayunamos en casa de mis suegros pero más bien, yo me agregué a esa tradición pues ellos lo hacen desde que A. se mudó a vivir solo. Para tal efecto mi suegra prepara suculentas viandas que terminarían con el hambre de poblaciones enteras: huevos al gusto, frijoles, enchiladas o chilaquiles, pancakes y a veces se luce con algún quiché o receta que se le cruza en la semana. Esos desayunos me llenan más que cuando suelto el freno en los buffets. Entonces, este domingo desperté saboreándome las delicias que me iba a sambutir. Con la mente y el estómago listos para deglutir me asomé a la mesa y ¡ZAZ! solo había platos con PAPAYA. Y ni siquiera estaban copeteados. Cabe aclarar que la papaya es mi némesis de las frutas, su olor a vómito me hace olvidar todos sus beneficios al sistema digestivo. Bueno, también había vasitos con granola. Aún así el shock fue brutal, no se vale despertar así a la gente en domingo. Es inhumano.

Lo bueno es que antes de desayunar pasamos a la ceremonia de la báscula, mi suegro perdió ¡cuatro kilos!, mi novio ¡tres y medio! Yo iba derrotada porque en la semana fui a cenar con las que son mis amigas desde hace quince años y a quienes ya solo veo en bodas, bautizos, Navidad y ahora, divorcios. Y las noticias fueron tan desalentadoras que me consolé con una pasta y un vino tinto, snif. Así que mis expectativas basculares eran nulas. Aún así me subí y ¡pum! ¡Un kilo menos! En mi caso, así como existen los años perro (que se multiplican por siete), son kilos perro, o sea que uno es como si fueran tres de una persona con metabolismo normal y con tiroides funcionando perfectamente. Mis suegros conocieron mi baile de la victoria que he perfeccionado desde que iba en la universidad. Con la adrenalina pos-pérdida de peso, me comí la papaya. Debo agradecer que no apestaba y estaba tan buena que parecía melón. Hoy es lunes y corrí, porque luego de dos semanas de dormir nueve horas diarias, pensé que así como entre menos te mueves menos ganas tienes de moverte, si lo haces a la inversa también debe funcionar. Así que allá voy, esta semana toca correr y seguir la dieta que es el régimen más realista que he intentado en mi vida. 

Semana 1

Peso: 63 kg

Por bajar: 10 kg