Las personas con hipotiroidismo tienen un nivel bajó de tiroxina y un metabolismo lento. Las células se aletargan, el cerebro aminora su marcha y se produce una sensación general de apatía, fatiga y a veces depresión.
El hipotiroidismo produce otros síntomas, así como intolerancia al frío, estreñimiento, caída del cabello y piel seca. Estos síntomas son el resultado de un índice bajó del metabolismo basal, un índice en el que el cuerpo quema energía estando inactivo. ¿Y qué hace que el hipotiroidismo lleve a aumentar de peso?
Dado que las células corporales se aletargan y utilizan menos energía, el cuerpo se encuentra con una cantidad extra de combustible. Por lógica, uno necesita comer menos para no generar demasiado combustible y aún más: necesita hacer ejercicio y quemar la energía sobrante.

“Pierde peso, gana bienestar”, Andreas Moritz.

A dos de tres caídas – La vida sin tiroides

Así, triste y teniendo que ver al susodicho y a la susodicha suplente todos los días en la oficina, seguía adelgazando pero cada día me cansaba más al caminar o subir escaleras, si me agachaba, me levantaba con la agilidad de una persona de 70 años, cuando empezaba a sentir hambre, temblaba y dormir me costaba, mucho mucho trabajo. Además, el sol me deslumbraba al punto de no dejarme ver nada, cosa superemocionante al manejar, todo el día sentía piedras en los ojos y se me caía más cabello que cuando alguien usa acondicionador Pantene diario. Y ese fue el verano más caluroso de mi vida, aunque no era verano, ya más bien era otoño, casi invierno pero igual hacía mucho calor. Luego también me pasaba que me quedaba dormida incluso estando de pie, ¡o caminando!, y entre tanta cosa, me caía a cada rato. Las caídas más cardiacas me pasaron cruzando calles, pues no solo era el tropezón, también era lo mucho que me costaba levantarme y acá entre nos, mucho caballero, simplemente me saltaba y seguía su camino. Una vez un señor sí corrió a levantarme pues me caí cruzando la calle del IFAL y entre los libros y que cada día era peor que el anterior, no podía ya levantarme y solo veía a un coche acercarse a gran velocidad. El señor me levantó y me dijo tonta y torpe, yo solo quería llorar del susto y la impotencia. ¿Y qué, iba a ir al doctor a decirle, vengo porque cuando me caigo no me puedo levantar? Simplemente me iban a diagnosticar de torpeza extrema y mi autoestima estaba bastante masacrada como para someterla a un juicio más. Había muchos días que hubiera preferido hibernar bajo las cobijas, sin asomar la nariz al mundo ni tener que enfrentar la incómoda situación que todos los días me esperaba, ver a el floreciente romance que había surgido a costa mía, pues por cierto, la susodicha suplente era mi mejor amiga, ¡telenovelaza! 

En el próximo capítulo: Frases de telenovela.

Me enamoré – La vida sin tiroides

Pues tan pronto regresé de España, encontré la clase de step más divertida y efectiva de la vida. También retomé la dieta del Dr. Bolio que había dejado… mmm… por decir en pausa y pronto regresé a mi peso. Entre toda esa diversión conocí a alguien, desde la primera vez que lo vi, pensé: yo podría andar con alguien así y meses después, sucedió. Fue divertido, mágico, increíble. Y creo que el amor fue la mejor energía agni, pues sin seguir estrictamente una dieta, cada semana perdía peso. A los seis meses otra vez se me caían todos los pantalones y era yo feliz, feliz. Pero nada dura para siempre, entre mi inseguridad y una tercera en discordia se llevaron el amor y volví a la soltería, muy triste, con el corazón hecho pedazos por primera vez pero tan esbelta que podía encontrar el consuelo en el helado de cookies and cream y aún así seguía bajando de peso. Triste y padre a la vez. Pero algo raro empezaba a suceder, algo que sucedió tan poco a poco que me hacía pensar que jamás me recuperaría de aquel roto corazón. 

La vida sin tiroides: reto España

Estando en mi peso ideal y soñado, con los pantalones que me quedaban grandes, con una cintura sin protuberancias (lonjas), con el cachete discreto llegó otro sueño que se hacía realidad: irme de intercambio un semestre a Madrid. Quienes han vivido esta experiencia ya se podrán imaginar lo que se me esperaba, pero yo, una mente joven e inocente me embarqué en esa aventura sin siquiera considerar lo que estaba arriesgando. Aún me acuerdo lo feliz que iba en el avión pensando, “puedo hacerme bolita sin que se me entierre el botón del pantalón en la lonja, ¡gracias, Dios!” Ja. En lo que nos instalábamos y teníamos un refrigerador decente, nuestra alimentación consistió en tazones de cereal y sandwiches. ¡Pero no engordé, al contrario! Como caminábamos para todo, porque aún no sabíamos las rutas de los camiones, hasta bajé un poco más de peso. No podía con tanta felicidad. Pero un par de meses después, mi curiosidad me jugó una travesura muy grande. Descubrí la ruta de camión que me dejaba en la puerta de la escuela y en la esquina de mi casa. Ese sí fue el acabose pues al mismo tiempo descubrí las napolitanas, un delicioso pan hecho de pasta hojaldrada sin reparo en la cantidad de mantequilla, relleno de chocolate que vendían en la cafetería de La Complutense a muy bajo precio. En otras palabras, ¡descubrí mi nuevo Gansito versión española, joér! Y pues todo lo que me quedaba grande me empezó a quedar bien, luego justo, luego apretado, luego no me cerró, luego regresé a México donde mi mamá me recibió con un: “¡tus cachetes brillan de gordura!” Y la historia volvió a empezar. 

En el próximo capítulo: me enamoré.

Qué hacen los malditos flacos para estar flacos – La vida sin tiroides

Así como los junkies se las arreglan para encontrar las drogas más exóticas y se tropiezan con los dealers más eficientes, así yo, estando en la universidad, me topaba con todas las que estaban a dieta. Y cuando veía resultados en alguna, le pedía el teléfono del nutriólogo, sanador o santo en cuestión. Fue así como llegué al consultorio del doctor Bolio, famoso por su programa de dieta en donde “adelgazabas comiendo”. El gancho que me atrajo fue que en el régimen incluía ¡Gansitos! (¿Sabes qué, Bimbo? Deberías patrocinar algo en este blog). Así que fui, sin decirle a mis papás porque no me iban a creer hasta que me vieran realmente comprometida y si era posible con un par de kilitos menos, ¡para que se notara que estaba funcionando! Así que ahorré mi lanita (el doctor este no tenía una clínica de cobrar baratas las consultas) y fui. Me midieron hasta el meñique, creo. Me dieron una dieta para una semana que alargué a dos porque no iba a alcanzar a juntar para la siguiente consulta. El nuevo régimen no incluía Gansitos pero la esperanza que algún día los tuviera fue mi aliciente. Entonces llegué a mi casa y le dije a mi papá cómo tenía que prepararme mi sandwich del diario, (sí que oso en la universidad todavía me mandaban lunch, ¿y?). Los resultados se vieron a las dos semanas: buen humor, apareció la cintura y los cachetes intactos, como debe ser. Y en el primer comentario acerca de mi pérdida de peso, le conté a mi mamá todita la verdad. ¡Cha-cha-cha-chán! ¿Su reacción? Se apuntó para la próxima cita y en la siguiente, hasta fue mi papá. Toda la familia unida en una dieta, eso es integración y no payasadas. Al cabo de los seis meses estaba en el límite superior de mi peso ideal, ¡éxito total! ¡Y comía Gansitos! (Es la parte del reality en la que uno llora poquito). 

En el próximo capítulo: reto España.

La vida sin tiroides: soy una gordita feliz (ajá).

Después de mi primer rotundo fracaso dietístico, me fui a la siguiente ventanilla: el autoconvencimiento de que soy una gordita feliz, de que me acepto como soy, con mis lonjas, mi panza, nana, buche y nenepil. Y la verdad, la verdad es que no. Entonces opté por vestidos corte costal que ocultaran todas las curvas, las buenas y las malas. Un poste parejo que apareciera en todas las fotos, así, según yo, no había pierde. Y uno se lo cree. Se siente uno muy segura, muy convencida y pues no. La verdad es que hubiera sonreído con más ganas en todas las fotos si supiera que abajo de esa sonrisa estaba el cuerpazo de mis sueños o el vestido ese luciendo las curvas de las buenas. Y en ese ir y venir de si está padre – no está padre, llegué hasta la universidad. 

Próximo capítulo: qué hacen los malditos flacos para estar flacos.

La vida sin tiroides, parte 2: la primera dieta.

Cuando iba a cumplir 15 años y las -entonces de moda- fiestas de noche con valses incluidos empezaron a llegar, me enfrenté ante el primer trauma que viviría conmigo por el resto de la eternidad: buscar vestidos. Y es que a esa edad, o al menos en mis tiempos, uno aún conservaba babyfat mezclado con las incipientes formas femeninas que resultaban en un cuerpo que no se adaptaba a los cortes de mujer adulta ni mucho menos a los de niña. Recordemos que antes las tweens y las teens no tenían categoría propia en la línea de productos y se asumía que uno saltaba de “niña a mujer” como en Quinceañera. Entonces mi lógica básica me dictó que para que un vestido se me viera mejor y lograra salir de las tiendas con la misión cumplida más rápidamente, tenía que bajar de peso. (Uno le adjudica poderes milagrosos a la flacura). Mi mamá recientemente había sido diagnosticada de hipotiroidismo por lo que empezó una dieta especial que la hizo perder los 12 kilos que tenía almacenados desde su último embarazo. Eso me inspiró (tanto como ahora me inspiran las temporadas de The Biggest Looser) para ponerme a dieta. 

– Mamá, me quiero poner a dieta. 
– Las dietas no son de un ratito, son hábitos que tendrás que adoptar por el resto de tu vida. Si estás convencida y dispuesta, te ayudo, si no, vuelve a hacer ejercicio y baja poco a poco.
-Ok, regreso al rato.

Después de pseudo-pensarlo, regresé y quesque muy convencida le dije a mi mamá que sí, que estaba dispuesta a dejar de comer como lo hacía con tal de lucir esos vestidos que se veían increíbles en el aparador. Empecé una dieta baja en carbohidratos, baja en comparación al Gansito diario que me comía. Sí, bajé de peso pero estaba de muy mal humor. Las hormonas adolescentes hacen corto circuito con las dietas. 
Tiempo de duración: DOS meses
Tiempo estimado de rebote: DOS semanas.

El próximo capítulo: soy una gordita feliz (ajá).